Monday, June 30, 2008
Monday, November 26, 2007
Estaba fumando algo fuerte
Antonio Salas
Hijo de hombre, come lo que se te ofrece; come este rollo y ve luego a hablar a la casa de Israel. Ezequiel 3, 1.
Estaba fumando algo fuerte a orillas del río Kebar. Ezequiel trataba de cruzar al otro lado en busca de mejor vida. Eso es lo que decía pero en realidad sólo quería moverse un poco y sacudirse la arena del culo. Soplaba el viento recio.
Abrió los ojos y vio una gran nube de fuego. Sonrió. Esta es buena yerba, dijo su conciencia. En el medio de la nube parecía distinguirse una luz de neón anunciando Mejor Vida con una barra simple pero elegante y tres mesas de billar. Había cuatro bailarinas cuyo aspecto era el siguiente: sus piernas eran rectas y bien torneadas y la planta de sus pies era como la planta de la pezuña del buey. Ezequiel lanzó una carcajada por lo obvio del asunto y por las minifaldas plateadas. De las caderas para abajo vio como fuego que producía resplandor en torno. De las caderas para arriba no vio nada porque no le interesaba. Entre ellas, unas luces incandescentes.
Había un ruido como de muchas aguas. Tuvo ganas de orinar y lo hizo. Volvió a sentarse esperando un poco de tranquilidad para tratar de cruzar la frontera natural. No sabía cómo pero algo se le ocurriría. O mejor, algo le ocurriría. Entonces escuchó una voz atronadora. Ponte de pie y escúchame. Del susto, Ezequiel cayó al suelo dando su rostro primero en el polvo. Estaba tan aturdido que no sintió dolor, ni el tibio hilillo de sangre en la comisura de los labios. Miró hacia atrás, no para huir, sino para cerciorarse de que la aparición de Mejor Vida siguiera allí. No estaba. Maldita sea, pensó.
Hey, presta atención, tronó la voz acompañada del relámpago de una linterna de pilas. Necesito que lleves esto al otro lado.
Ezequiel, dudoso, preguntó ¿por qué yo? ¿No tienes a más nadie?
La voz respondió serena y amenazante, condiciones que sólo la experiencia puede conciliar.
Porque los que se han rebelado contra mí sólo pueden hacerlo una vez. Los he sentado sobre nidos de escorpiones.
Pensar en esa incómoda postura logró que Ezequiel hiciera un mayor esfuerzo para concentrarse en lo que le decían.
Sólo quiero que vayas al otro lado y le entregues este paquete a mi amigo, Israel Montes. El te estará esperando.
El paquete más bien parecía un libro enrollado. La voz enfática comenzaba a asustarlo. Tomó el paquete en sus manos.
Ahora cómetelo.
Oyó un sonido parecido a pistolas automáticas cargándose y se llevó obediente el paquete a la boca.
Es una broma, animal.
Escuchó risas pero no veía demasiado. Estaba oscuro. ¿Qué me toca a cambio? Se atrevió a preguntar.
Boñiga de buey para que hagas tu pan sobre ella, cabrón.
Sintió un fuerte empujón y que cuatro brazos lo cargaban en dirección a la orilla del río. Lo colocaron en un bote de remos.
Dirígete hacia aquellas luces verdes. Si te desvías desde aquí te volamos la calabaza.
Eran apenas unos 300 metros lo que separaba una orilla de la otra. Pero ambos extremos estaban bien guardados por oficiales armados.
No hay nada que temer, nosotros hacemos la ley y la trampa, dijo la voz atronadora, mientras encendía un cigarro.
Él comenzó a remar jugando con las palabras calabaza, cabeza, celabeza, cabelaza…
No tomó mucho tiempo cruzar el río. Se sentía tan tranquilo. Repetía la palabra tranquilo como un mantra. Llegó a un pequeño embarcadero rodeado de bonitas luces verdes. Tomó el paquete y saltó hacia la madera sin dificultad. Miró al cielo, hermoso, lleno de estrellas. Ya estás al otro lado, se dijo. Se acostó en el suelo allí mismo con el paquete sirviéndole de almohada. Cuando estaba a punto de quedar dormido escuchó pasos. Cerró los ojos más fuertemente para tratar de escapar por medio de un extraño sortilegio pero no funcionó.
Pssst, mira, levántate pendejo.
Abrió los ojos y pudo distinguir el rostro de un hombre curtido por la vida pero de rostro apacible. Se puso de pie. ¿Israel Montes?, preguntó.
Para servirle a usted.
Ezequiel entregó el paquete. El hombre entonces le ordenó seguirlo. Salieron a una calle justo al lado del embarcadero. Limpia, con algún negocio abierto a esas horas. Tranquila. Montes le señaló un bote de basura.
Allí está lo suyo. Usted nunca me ha visto y por supuesto mi nombre no es ese que usted sabe.
Y ¿quién es usted? preguntó impertinente. Soy el que soy. ¿Qué hay ahí dentro?, se atrevió a preguntarle. El falso Israel Montes se rió de buena gana
Mierda de buey para que hagas tu pan sobre ella, cabrón, y tuvo la confianza de darle una palmada en el hombro. Usted parece buen tipo, no se meta en problemas, váyase a su casa. Y no sea preguntón, carajo. Dicho esto se alejó.
Ezequiel esperó uno, dos minutos. Quizás tres. Se acercó al bote de basura. Pensó en si lo que le decían era literal o simbólico. Caminó hacia el lugar señalado y vio un pequeño bolso de cuero negro. Lo tomó y sin mirar a ninguna parte se dirigió al final de la calle.
Seol Mossebot, creyó leer en el letrero de neón. Antes de entrar abrió el bolso y se sorprendió con los billetes de denominación altísima. Soltó una carcajada. Malditos hijos de puta. Los quiero, gritó. Atravesó las pesadas puertas de entrada en cristal oscuro. Una barra simple pero elegante y tres mesas de billar. Había cuatro bailarinas cuyo aspecto era el siguiente: sus piernas eran bien torneadas y calzaban zapatos de tacón alto. Ezequiel lanzó una carcajada por lo obvio del asunto y por las minifaldas plateadas.
Hijo de hombre, come lo que se te ofrece; come este rollo y ve luego a hablar a la casa de Israel. Ezequiel 3, 1.
Estaba fumando algo fuerte a orillas del río Kebar. Ezequiel trataba de cruzar al otro lado en busca de mejor vida. Eso es lo que decía pero en realidad sólo quería moverse un poco y sacudirse la arena del culo. Soplaba el viento recio.
Abrió los ojos y vio una gran nube de fuego. Sonrió. Esta es buena yerba, dijo su conciencia. En el medio de la nube parecía distinguirse una luz de neón anunciando Mejor Vida con una barra simple pero elegante y tres mesas de billar. Había cuatro bailarinas cuyo aspecto era el siguiente: sus piernas eran rectas y bien torneadas y la planta de sus pies era como la planta de la pezuña del buey. Ezequiel lanzó una carcajada por lo obvio del asunto y por las minifaldas plateadas. De las caderas para abajo vio como fuego que producía resplandor en torno. De las caderas para arriba no vio nada porque no le interesaba. Entre ellas, unas luces incandescentes.
Había un ruido como de muchas aguas. Tuvo ganas de orinar y lo hizo. Volvió a sentarse esperando un poco de tranquilidad para tratar de cruzar la frontera natural. No sabía cómo pero algo se le ocurriría. O mejor, algo le ocurriría. Entonces escuchó una voz atronadora. Ponte de pie y escúchame. Del susto, Ezequiel cayó al suelo dando su rostro primero en el polvo. Estaba tan aturdido que no sintió dolor, ni el tibio hilillo de sangre en la comisura de los labios. Miró hacia atrás, no para huir, sino para cerciorarse de que la aparición de Mejor Vida siguiera allí. No estaba. Maldita sea, pensó.
Hey, presta atención, tronó la voz acompañada del relámpago de una linterna de pilas. Necesito que lleves esto al otro lado.
Ezequiel, dudoso, preguntó ¿por qué yo? ¿No tienes a más nadie?
La voz respondió serena y amenazante, condiciones que sólo la experiencia puede conciliar.
Porque los que se han rebelado contra mí sólo pueden hacerlo una vez. Los he sentado sobre nidos de escorpiones.
Pensar en esa incómoda postura logró que Ezequiel hiciera un mayor esfuerzo para concentrarse en lo que le decían.
Sólo quiero que vayas al otro lado y le entregues este paquete a mi amigo, Israel Montes. El te estará esperando.
El paquete más bien parecía un libro enrollado. La voz enfática comenzaba a asustarlo. Tomó el paquete en sus manos.
Ahora cómetelo.
Oyó un sonido parecido a pistolas automáticas cargándose y se llevó obediente el paquete a la boca.
Es una broma, animal.
Escuchó risas pero no veía demasiado. Estaba oscuro. ¿Qué me toca a cambio? Se atrevió a preguntar.
Boñiga de buey para que hagas tu pan sobre ella, cabrón.
Sintió un fuerte empujón y que cuatro brazos lo cargaban en dirección a la orilla del río. Lo colocaron en un bote de remos.
Dirígete hacia aquellas luces verdes. Si te desvías desde aquí te volamos la calabaza.
Eran apenas unos 300 metros lo que separaba una orilla de la otra. Pero ambos extremos estaban bien guardados por oficiales armados.
No hay nada que temer, nosotros hacemos la ley y la trampa, dijo la voz atronadora, mientras encendía un cigarro.
Él comenzó a remar jugando con las palabras calabaza, cabeza, celabeza, cabelaza…
No tomó mucho tiempo cruzar el río. Se sentía tan tranquilo. Repetía la palabra tranquilo como un mantra. Llegó a un pequeño embarcadero rodeado de bonitas luces verdes. Tomó el paquete y saltó hacia la madera sin dificultad. Miró al cielo, hermoso, lleno de estrellas. Ya estás al otro lado, se dijo. Se acostó en el suelo allí mismo con el paquete sirviéndole de almohada. Cuando estaba a punto de quedar dormido escuchó pasos. Cerró los ojos más fuertemente para tratar de escapar por medio de un extraño sortilegio pero no funcionó.
Pssst, mira, levántate pendejo.
Abrió los ojos y pudo distinguir el rostro de un hombre curtido por la vida pero de rostro apacible. Se puso de pie. ¿Israel Montes?, preguntó.
Para servirle a usted.
Ezequiel entregó el paquete. El hombre entonces le ordenó seguirlo. Salieron a una calle justo al lado del embarcadero. Limpia, con algún negocio abierto a esas horas. Tranquila. Montes le señaló un bote de basura.
Allí está lo suyo. Usted nunca me ha visto y por supuesto mi nombre no es ese que usted sabe.
Y ¿quién es usted? preguntó impertinente. Soy el que soy. ¿Qué hay ahí dentro?, se atrevió a preguntarle. El falso Israel Montes se rió de buena gana
Mierda de buey para que hagas tu pan sobre ella, cabrón, y tuvo la confianza de darle una palmada en el hombro. Usted parece buen tipo, no se meta en problemas, váyase a su casa. Y no sea preguntón, carajo. Dicho esto se alejó.
Ezequiel esperó uno, dos minutos. Quizás tres. Se acercó al bote de basura. Pensó en si lo que le decían era literal o simbólico. Caminó hacia el lugar señalado y vio un pequeño bolso de cuero negro. Lo tomó y sin mirar a ninguna parte se dirigió al final de la calle.
Seol Mossebot, creyó leer en el letrero de neón. Antes de entrar abrió el bolso y se sorprendió con los billetes de denominación altísima. Soltó una carcajada. Malditos hijos de puta. Los quiero, gritó. Atravesó las pesadas puertas de entrada en cristal oscuro. Una barra simple pero elegante y tres mesas de billar. Había cuatro bailarinas cuyo aspecto era el siguiente: sus piernas eran bien torneadas y calzaban zapatos de tacón alto. Ezequiel lanzó una carcajada por lo obvio del asunto y por las minifaldas plateadas.
Wednesday, November 21, 2007
Fenomenología del espíritu

foto de Mara Pastor
Cuando sonríe le brilla el rostro. El rostro perfecto. Con esa sonrisa como marco me susurra quisiera abrirte el pecho con un hacha y arrancarte el corazón para comérmelo. Recuerdo entonces que en el Extremo Oriente la belleza se asocia con las sombras y la claridad es mirada con recelo. No estamos allá. Estamos en esta calle, justo detrás de los restoranes.
Cuando sonríe le brilla el rostro. El rostro perfecto. Con esa sonrisa como marco me susurra quisiera abrirte el pecho con un hacha y arrancarte el corazón para comérmelo. Recuerdo entonces que en el Extremo Oriente la belleza se asocia con las sombras y la claridad es mirada con recelo. No estamos allá. Estamos en esta calle, justo detrás de los restoranes.
No sé que gesto se me dibuja en la cara pero ella, sin dejar de sonreír, pregunta ¿estás bien? No entiendo su duda. Acaba de decirme que me rompería el pecho y me sacaría el corazón. Pues debo confesar que me toma por sorpresa su comentario. Estamos desnudos y es un estado en el que la fragilidad es evidente. Lo contrario también. Misterio de la vida. Sudo.
Se levanta de la cama y abre una gaveta. El hacha, pienso yo, listo para saltar. No. Un libro. Si va a leer un poema es preferible que me quiebre el esternón con un machete. Ninguna de las anteriores. Estaba leyendo esto, me dice. Relatos de un escritor muy famoso. Ciego. Permanezco alerta. Por si las moscas. Comienza a explicarme algo del juicio estético de Hegel. Pienso que lo que quiere es ganar tiempo. Atraparme desprevenido. ¿Estás bien? Una pregunta difícil. Miento. Digo que sí.
Se acerca. Su larga cabellera negra es como la sombra de un árbol. Me calmo. Me besa. Con la ternura y eficacia de una yogi. Me derramo como el plato de leche de un gatito. ¿Tienes hambre? Y la verdad es que sí. Se escapa de la habitación como una brisa. Oigo que se abre una gaveta, otra, y escucho el sonido de metales. Una risa. Es el fin. Me pongo los pantalones como pueda. No quiero morir desnudo. En esta situación. Tomo el libro del maldito ciego. No sé. Un impulso. Se abre la puerta. Suda. Tiene en su mano derecha un cuchillo. Sonríe llenando todo de luz. Mueve su larga cabellera y todo es sombra. Suelto el libro. Abro los brazos aceptando la muerte porque es bella. ¿Te gustan las manzanas? me pregunta, mostrándome dos. Una roja y otra verde.
Friday, September 21, 2007
Zaratustra sobre los poetas

Me he cansado de los poetas, de los viejos y de los nuevos: superficiales me parecen todos, y mares poco profundos.
No han pensado con suficiente profundidad: por ello su sentimiento no se sumergió hasta llegar a las razones profundas.
Un poco de voluptuosidad y un poco de aburrimiento: eso ha sido la mejor incluso de su reflexiones.
Un soplo y un deslizarse de fantasmas me parecen a mí todos sus arpegios; ¡qué han sabido ellos hasta ahora del ardor de los sonidos!
No son tampoco para mí bastante limpios: todos ellos ensucian sus aguas para hacerlas parecer profundas.
Con gusto representan el papel de conciliadores: ¡mas para mí no pasan de ser mediadores y enredadores, y mitad de esto y mitad de aquello, y gente sucia!
Ay, yo lance ciertamente mi red en sus mares y quise pescar buenos peces; pero siempre saqué la cabeza de un viejo dios.
El mar proporcionó así una piedra al hambriento. Y ellos mismos proceden sin duda del mar.
Es cierto que en ellos se encuentran perlas: pero tanto más se parecen ellos mismos a crustáceos duros. Y en lugar del alma he encontrado a menudo en ellos légamo salado.
También del mar han aprendido su vanidad: ¿no es el mar el pavo real de los pavos reales?
Incluso ante el mas feo de todos los búfalos despliega él su cola, y jamás se cansa de su abanico de encaje hecho de plata y seda.
Ceñudo contempla esto el búfalo, pues su alma prefiere la arena, y más todavía la maleza, y mas que ninguna otra cosa, la ciénaga.
¡Que le importan a el la belleza y el mar y los adornos del pavo real! Esta es la parábola que yo dedico a los poetas.
¡En verdad, su espíritu es el pavo real de los pavos reales y un mar de vanidad!
Espectadores quiere el espíritu del poeta: ¡aunque tengan que ser búfalos!
Mas yo me he cansado de ese espíritu: y veo venir el día en que también el se cansara de sí mismo.
Transformados he visto ya a los poetas, y con la mirada dirigida contra ellos mismos.
Penitentes del espíritu he visto venir: han surgido de los poetas.
En la foto, Nietszche como artillero prusiano.
Tuesday, September 11, 2007
11 de septiembre
Con el permiso de los que se lanzaron al vacío
prefiriendo ese infierno al fuego
hago este minuto de palabras por aquel viejo presidente
que se quitó la vida para no dársela al general
prefiriendo ese infierno al fuego.
Con el permiso de las dudas que quedan
-como pasaportes intactos entre los escombros de edificios-
dedico este otro minuto a los chilenos
que perdieron la vida construyendo una fantasía:
se lanzaron al vacío pretendiendo volar
como si no existiera el fuego
como si no existiera el infierno
que construyó el paraíso de las Torres Gemelas.
Un minuto entonces, para nosotros, desconsolados idealistas
que sabemos de la existencia del cielo y el fuego,
que queremos cocinar una última cena
en la terraza del infierno.
prefiriendo ese infierno al fuego
hago este minuto de palabras por aquel viejo presidente
que se quitó la vida para no dársela al general
prefiriendo ese infierno al fuego.
Con el permiso de las dudas que quedan
-como pasaportes intactos entre los escombros de edificios-
dedico este otro minuto a los chilenos
que perdieron la vida construyendo una fantasía:
se lanzaron al vacío pretendiendo volar
como si no existiera el fuego
como si no existiera el infierno
que construyó el paraíso de las Torres Gemelas.
Un minuto entonces, para nosotros, desconsolados idealistas
que sabemos de la existencia del cielo y el fuego,
que queremos cocinar una última cena
en la terraza del infierno.
Friday, August 24, 2007
Monterroso decoroso
foto A. Monterroso de patriagrande.netToda literatura -le aclara Monterroso a Graciela Carminatti, en una entrevista- es alegórica o no es nada. Muchos escritores explican sus simbolismos, temerosos de que la gente se los pierda.
Bueno, si la gente se los pierde, peor para la gente. Creo que no explicar lo que uno quiso decir en un libro es cuestión de decoro.
Tuesday, August 21, 2007
Solaris, de Stanislav Lem y Andrei Tarkovski y Steven Soderbergh
Stanislav LemSolaris, de Stanislaw Lem es una novela claustrofóbica. Solaris es un planeta envuelto en un océano vivo. Por décadas se ha intentado descifrar el enigma de cómo el planeta mimetiza el pensamiento de los científicos que se hallan estudiándolo. El texto presenta, en resumen, a pocos personajes enfrentados al océano que es capaz de recrear, en carne y hueso, fantasmas del pasado. Y ni a tiros voy a contar la novela. Una buena reseña sobre ella la encuentra en Revista Gigamesh - Crítica de libros - Solaris, de Stanislaw Lem.
Hay dos versiones cinematográficas de la novela. La primera, de 1972, es una versión del maestro Tarkovski. El director soviético ha dicho que Solaris trata de personas que se han perdido en el cosmos y que - quieran o no - ahora tienen que aprender cosas nuevas. Este afán de saber, impuesto aquí al hombre desde fuera, es a su modo algo tremendamente dramático, puesto que se ve acompañado de continua intranquilidad y de carencias, de dolor y decepción, puesto que la verdad última es inalcanzable. A ello se añade que al hombre le ha sido dada una conciencia, que empieza a atormentarle en cuanto su comportamiento es contrario a las leyes morales. También la existencia de la conciencia es, en cierto modo, algo trágico. Lo menos que interesa en esta mirada fílmica es la ciencia ficción. Algunos críticos han esbozado el concepto conciencia-ficción pues es éste un relato sobre los límites del conocimiento y la percepción. la película tiene la atmósfera sombría de la novela pero, por supuesto, la carga onírica es mayor. (Sobre el cine y el sueño ya habló Artaud).
Hay dos versiones cinematográficas de la novela. La primera, de 1972, es una versión del maestro Tarkovski. El director soviético ha dicho que Solaris trata de personas que se han perdido en el cosmos y que - quieran o no - ahora tienen que aprender cosas nuevas. Este afán de saber, impuesto aquí al hombre desde fuera, es a su modo algo tremendamente dramático, puesto que se ve acompañado de continua intranquilidad y de carencias, de dolor y decepción, puesto que la verdad última es inalcanzable. A ello se añade que al hombre le ha sido dada una conciencia, que empieza a atormentarle en cuanto su comportamiento es contrario a las leyes morales. También la existencia de la conciencia es, en cierto modo, algo trágico. Lo menos que interesa en esta mirada fílmica es la ciencia ficción. Algunos críticos han esbozado el concepto conciencia-ficción pues es éste un relato sobre los límites del conocimiento y la percepción. la película tiene la atmósfera sombría de la novela pero, por supuesto, la carga onírica es mayor. (Sobre el cine y el sueño ya habló Artaud).
Tres décadas más tarde Steven Soderbergh realizó una versión de la película. Su Solaris tiene una ambientación futurista más cercana a nuestra sensibilidad. A Soderbergh le interesa más la relación entre el protagonista, Kelvin, y el fantasma del pasado (por supuesto, una mujer, Harey en Tarkovski, Rheya en Soderbergh). Si se ha leído la novela y se ha visto la versión del director soviético podría pensarse que esta versión de la versión es débil. Sin embargo, a mí me parece una hermosa historia de amor ambientada en el futuro. La presencia de Lem es lejana. La de Tarkovski también. Pero Clooney y Natascha McElhone forman una siniestra pareja en una relato cinematográfico excelente. Lenguaje visual, música, tempo perfecto. Una trágica historia de amor. Nada más que eso. Las comparaciones no funcionan aquí.
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